Bareto: La vuelta a Francia 2

Mi celular dice que la temperatura del ambiente es 16 grados centígrados pero la realidad es que el gris, la lluvia y el viento nos hacen sentir bastante menos. El verano en París ha resultado inesperada e inéditamente (lo dicen los locales) frío y oscuro, y aquí estamos hoy domingo viendo la goleada Francia vs. Islandia, refugiados en la casa que nos acoge durante todo este mes. Hace un par de horas llegamos de Saint Dennis de Gastines, donde hacía más frío que acá, sin ser esa una razón para que la gente del Festival Au Foin de la Rue disfrutara con la música al máximo.

El viaje fue largo: un poco más de cuatro horas de bus hacia el norte desde el paradero de Porte Maillot, al lado de un centro comercial finísimo con buenos servicios sanitarios. Llegamos hasta la estación de tren de Laval, donde tuvimos que esperar un rato más al ecuatoriano Nicola Cruz, quien ha hecho uno de los discos más celebrados en Latinoamérica el año pasado, y con quien compartimos no solo el transporte si no la cena (un pato confitado que se deshacía de lo bueno que estaba), vino, y risas y unas cervezas más; si no lo han escuchado, pueden hacerlo aquí: https://open.spotify.com/album/3qayyVd2DD1T9uXwOZoHsP

Au Foin de la Rue resultó ser un festival interesante no solo por el cartel (en sus dos días tocaban artistas conocidos para nosotros como Matisyahu, Dub Inc. y los mexicanos Sonido Gallo Negro, y otros que recién comenzamos a escuchar como Gramatik y Brain Damage) sino por su propuesta “ética y eclecticismo”, que incluía la reutilización de los desechos biológicos de las miles de personas que asisten como abono para las tierras aledañas.

Después de un rápido chequeo de líneas de sonido, subimos al escenario B del festival a las 10 en punto de la noche, y rápidamente unas tres mil personas se entregaron a la música, que sonaba potente en el sistema instalado para nosotros. Esta vez el concierto duró 50 minutos, en los que nos preocupamos por no dejar que la pelota caiga al suelo para que nadie deje de bailar. Y a juzgar por los comentarios posteriores, parece que hicimos una buena chamba.

Luego nos dimos una vuelta por el festival, que tenía para largo: en total diez y siete mil personas que se repartieron en ambos días y en los 3 escenarios ofrecidos, con conciertos continuos entre las 7pm y las 4am. Un evento que no se agota en la música, sino que propone ser más una experiencia, con harta variedad de comidas y bebidas siempre en un ambiente ecológico (todo lo bio está recontra de moda por acá), y con un mensaje de tolerancia a la diversidad cultural y étnica que tanta falta hace en estos difíciles tiempos para el viejo continente. Muy chévere.

Por Jorge Olazo

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