Bareto: La vuelta a Francia 4

Esta segunda vuelta a Francia nos está permitiendo conocer este país de una manera diferente a la gira anterior; esta vez, hemos llegado en un momento convulso, donde conviven protestas sociales, amenazas terroristas, un verano impredecible y la Euro, el campeonato de fútbol que acaba de finalizar con la sorpresiva (aunque justa) derrota de los dueños de casa. Vivir todo esto es intenso y pone en perspectiva lo que significa estar aquí, buscando entrar al mercado de los festivales europeos.

En este medio, donde se trabaja con un año o dos de anticipación, la competencia es feroz entre los muchos grupos con propuestas interesantes que hay dentro del género que nosotros hacemos (es imposible no ser categorizados acá como “tropicales”, o hasta “exóticos”), y que no solo vienen de Latinoamérica como nosotros, sino también de la misma Francia, de España o de Inglaterra, por mencionar algunos, y que no tienen los costos enormes de traer desde otro continente a siete músicos y mantenerlos con viáticos y alojamiento pagados, junto a un sonidista y un tour manager, durante veinte y pico días. Si el grupo tiene como base permanente este lado del mundo, la operación es mucho más rentable para el artista, y más viable para los promotores de los festivales. Es un circuito difícil, pero aquí estamos, peleándola.

En eso estamos, digo, ahora que hemos entrado en este hábito fugaz de baguettes, trenes y vino, en el que somos recibidos en cada lugar con respeto y consideración por la música que hacemos; donde recibimos el cariño de gente que, en muchos casos sin conocernos, se acerca al escenario en cada festival para bailar con nosotros; y donde, por si fuera poco, dos radios de alcance nacional, Nova y FIP, tocan “La voz del Sinchi” en su programación regular (algo que nunca ha pasado en el Perú); ambas emisoras han incluido la canción en sus recopilaciones y listas anuales especiales. Y compartiendo la cancha con grupos de todas partes del mundo, tomando con ellos una cerveza, y viéndolos romperla en el escenario todos los días. La valla es alta y vamos saltando lo más alto que podemos, cada vez.

Sabrán disculpar, pero quizá ha sido la inesperada vuelta del frío la que ha inspirado este floro reflexivo, en este verano parisino verdaderamente sorprendente: ahora mismo que escribo se acaba de largar a llover, después de varios días, y no sé cuánto más voy a durar bajo el toldo del jardín. La distancia lo pone a uno nostálgico y la lluvia también, y siempre está bueno decir lo que sale del corazón; es un lujo tener este espacio para hacerlo. Pero vamos al viaje del último fin de semana.

El sábado 11 viajamos nuevamente a unas cinco horas en bus desde París. El destino fue Tours, una ciudad al lado del río Loire, el más largo de Francia, y alrededor del cual se juntan hermosos e inmensos valles dedicados a la producción del célebre vino de estas tierras. Media hora más en auto y llegamos a Monts, y en medio del silencio del campo y el calor aplastante de las 2 de la tarde, encontramos cientos de vehículos y carpas, y también a los miles de asistentes al Festival Terres du Son, con sus tres días de conciertos, que este año tuvo en su cartel artistas que admiramos mucho como Charles Bradley y Emir Kusturica. Y bueno, a nosotros.

Nos tocó abrir uno de los 2 escenarios principales del festival, a las 5:45 de la tarde, con un sol asesino que daba de frente en nuestras caras. Fue una experiencia exigente que la verdad no recordamos haber sufrido con tal intensidad antes, al menos no así, bajo al menos 35 grados que pusieron al público en una onda totalmente playera. Serían unos tres mil festivaleros que, se veía, gozaban del calor bastante más que nosotros. Increíble, eso sí, ver cómo una canción como “Óyeme” (esa especie de merengue/reggae de nuestro disco “Ves lo que quieres ver”), es el momento pico del set, teniendo a todos bailando, saltando y cantando lo que les saliera. Buen festival al que da ganas de volver… salvo por los bichos.

Parece mentira: mientras he estado aquí sentado escribiendo esto, la lluvia se detuvo, salió el sol una media hora, y luego el cielo se cerró y llueve a cántaros de nuevo, ahora con truenos y centellas. Creo que tengo que entrar porque corro peligro de que me parta un rayo.

Por Jorge Olazo

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